
«Multiverso» no es una sola idea: los físicos distinguen al menos cuatro niveles distintos, desde uno casi aburrido por lo poco controvertido hasta uno que varios críticos consideran más filosofía que física. Esto es lo que cada nivel puede y no puede probar.
«Multiverso» se usa en el cine y en la cultura popular como si fuera una sola idea: universos paralelos donde tomaste otra decisión, donde ganó el otro bando, donde existe una versión distinta de ti. La física, cuando usa la misma palabra, no está hablando de una sola cosa. En 2003, el cosmólogo Max Tegmark, del MIT, propuso ordenar el debate en cuatro niveles de multiverso. Esa clasificación sigue siendo la más usada, y entre un nivel y otro hay mucha distancia: va desde algo que casi nadie discute hasta ideas que varios críticos ya consideran filosofía con ecuaciones.

Conviene recorrerlos uno por uno, porque mezclarlos es la forma más común de confundirse cuando alguien pregunta «¿existe el multiverso?». La respuesta honesta depende de a cuál de los cuatro te refieras.
Empecemos por el menos espectacular, y el más aceptado. Si el universo es espacialmente infinito (algo que las mediciones actuales no descartan), entonces el espacio observable desde la Tierra es solo una porción minúscula de un total mucho mayor. Fuera de nuestro horizonte observable, el espacio seguiría existiendo, con las mismas leyes físicas, simplemente demasiado lejos para que su luz nos haya alcanzado todavía.
Las mediciones del satélite Planck sobre el fondo cósmico de microondas (la radiación remanente del universo temprano) favorecen con fuerza un universo geométricamente plano, lo cual es compatible con que sea infinito. El punto incómodo es que esas regiones lejanas no se pueden observar, así que la idea no añade predicciones nuevas que podamos comprobar de forma directa. Casi nadie la discute, pero tampoco es, en sentido estricto, una hipótesis que un experimento pueda confirmar o refutar.
Si el espacio es infinito, toda combinación posible de materia debería repetirse en algún punto, incluso copias casi idénticas de este planeta. Tegmark llegó a estimar que tu «doble» más cercano estaría a unos 10 elevado a 10 elevado a 28 metros. Es una consecuencia lógica de la infinitud, no una predicción que podamos verificar.

El segundo nivel viene de una teoría que sí tiene evidencia sólida detrás: la inflación cósmica, el periodo de expansión extremadamente rápida que habría ocurrido fracciones de segundo después del Big Bang. La inflación explica, con precisión, patrones que observamos en el fondo cósmico de microondas, y esas predicciones se han confirmado repetidamente.
La parte especulativa aparece cuando se considera la «inflación eterna»: si el proceso que infla el espacio no se detiene de forma uniforme, distintas regiones podrían dejar de inflarse en momentos distintos, dando origen a universos-burbuja separados, cada uno con posibles constantes físicas propias. El problema es de diseño: esas burbujas, por construcción teórica, quedan fuera de nuestro alcance causal, es decir, nunca podríamos recibir luz ni ninguna señal de ellas.
Los físicos han buscado, en el fondo cósmico de microondas, cicatrices de posibles colisiones entre nuestra burbuja y otra vecina. Hasta ahora, esas búsquedas no han arrojado un resultado confirmado, aunque el debate sobre si el modelo es falsable sigue abierto, y futuros datos sobre ondas gravitacionales podrían ayudar a descartar variantes específicas de la inflación eterna.
Este es, probablemente, el nivel que más se parece a lo que la cultura popular imagina. La interpretación de «muchos mundos» de la mecánica cuántica, propuesta por el físico Hugh Everett en 1957, sostiene que, cada vez que ocurre un evento cuántico con varios resultados posibles, el universo no «elige» uno: se ramifica, y todos los resultados ocurren, cada uno en su propia rama.

Es una interpretación seria, defendida por físicos como David Deutsch y Sean Carroll. Pero tiene un problema técnico que sigue sin resolverse del todo: el llamado «problema de la base preferida», es decir, qué determina exactamente cuándo y cómo se produce esa ramificación. También enfrenta tensión con la regla de Born, la fórmula estándar que calcula la probabilidad de cada resultado en mecánica cuántica: si todos los resultados ocurren siempre en alguna rama, ¿qué significa exactamente decir que uno es «más probable» que otro?
Como ya exploramos en el experimento de la doble rendija: la inquietante prueba que volvió extraña a la realidad, la mecánica cuántica ya es extraña sin necesidad de añadirle universos paralelos. La interpretación de muchos mundos es una forma de explicar esa rareza, no la única, y elegir entre esta y otras interpretaciones (como la de Copenhague) sigue siendo, en gran medida, una cuestión de preferencia filosófica entre físicos, no algo que un experimento haya resuelto.
El cuarto nivel es el más extremo: propone que toda estructura matemáticamente consistente existe como una realidad física real, no solo como una abstracción en un papel. Tegmark, su principal defensor, sostiene que en principio podría ponerse a prueba, aunque reconoce que antes habría que resolver un problema matemático de fondo, el llamado problema de la medida. Para muchos críticos, como el cosmólogo George Ellis, esta idea pertenece más a la filosofía que a la física comprobable: hoy no existe ningún experimento capaz de confirmarla o descartarla.

Algo parecido ocurre con el llamado paisaje de la teoría de cuerdas: según esta teoría, existirían del orden de 10 elevado a 500 formas distintas de «compactificar» las dimensiones extra que la teoría de cuerdas propone, cada una con sus propias constantes físicas. Para explicar por qué nuestro universo tiene las constantes que tiene (ni más ni menos ajustadas de lo necesario para que existan átomos, estrellas y vida), algunos físicos recurren al razonamiento antrópico: de todas las posibilidades, solo en las que permiten vida habría alguien para hacer la pregunta.
Críticos como el físico Lee Smolin han argumentado que apoyarse en el razonamiento antrópico para explicar el ajuste fino de las constantes físicas abandona, en la práctica, la explicación científica genuina: en lugar de explicar por qué el universo es así, se limita a decir que, de no serlo, no habría nadie preguntando. Es una crítica con bastante peso dentro de la propia física.
Más allá del problema de la falsabilidad, hay una objeción filosófica clásica que varios físicos usan contra las versiones más fuertes del multiverso: la navaja de Occam, el principio que favorece la explicación más simple entre varias que expliquen igual de bien lo observado. Postular infinitos universos inobservables para explicar por qué el nuestro tiene las propiedades que tiene puede parecer, a primera vista, lo opuesto a la simplicidad.

Los defensores de la inflación eterna responden con un matiz importante: no están añadiendo universos-burbuja como un parche para salvar la teoría. Los universos-burbuja son una consecuencia matemática que se desprende de las mismas ecuaciones que ya explican, con éxito, el fondo cósmico de microondas que observamos. Quitar la posibilidad de las burbujas no simplificaría el modelo: simplemente ignoraría una de sus predicciones. Así que la discusión real gira en torno a otra cosa: si una consecuencia matemática que por definición no se puede observar cuenta como parte de lo que la teoría «predice».
Es un desacuerdo entre personas que entienden las mismas ecuaciones y llegan a conclusiones distintas. Nadie está «creyendo» en magia: lo que se discute es dónde termina la evidencia científica legítima.
El razonamiento antrópico (la idea de que observamos un universo compatible con nuestra existencia simplemente porque, si no lo fuera, no habría nadie para observarlo) aparece de forma recurrente en la discusión sobre el Nivel II y el paisaje de cuerdas, y divide opiniones incluso entre quienes aceptan la física de base sin problema.
A favor, se argumenta que es una herramienta legítima en otros contextos científicos: por ejemplo, explica por qué cualquier observador se encuentra en un planeta con condiciones compatibles con la vida, sin que eso implique nada misterioso. En contra, críticos como Smolin señalan que usarlo para explicar las constantes fundamentales del universo entero es un salto distinto: convierte una pregunta que antes parecía responderse con física (por qué las constantes son estas y no otras) en una pregunta que se declara, de entrada, sin respuesta física posible más allá de «porque si no, no estaríamos aquí para preguntarlo».
Esta tensión no tiene, hoy, una resolución aceptada por consenso. Y es, quizás, el ejemplo más claro de por qué el debate del multiverso no se resuelve solo con más datos: en el fondo, es también un desacuerdo sobre qué tipo de explicación estamos dispuestos a aceptar como satisfactoria.
En diciembre de 2024, Google presentó Willow, un procesador cuántico que resolvió en menos de cinco minutos un cálculo que, según la empresa, a una de las supercomputadoras más rápidas del mundo le llevaría unos 10 elevado a 25 años. En el anuncio, Hartmut Neven, director de Google Quantum AI, escribió que ese rendimiento daba credibilidad a la idea de que la computación cuántica ocurre en muchos universos paralelos, una propuesta del físico David Deutsch.
La frase se volvió viral, pero muchos físicos respondieron que se trataba de una interpretación y no de una prueba. Willow funciona según la mecánica cuántica estándar, y su resultado se explica igual de bien con la interpretación de Copenhague, con la de muchos mundos o con cualquier otra. Que una computadora cuántica sea muy rápida confirma que la mecánica cuántica funciona; no dice nada nuevo sobre la existencia de otros universos.
La pregunta está mal planteada si se trata a la ciencia como un bloque único con una sola opinión. Lo que existe es un espectro: desde el Nivel I, apenas controvertido pero sin aportar nada comprobable, hasta el Nivel IV, que una parte significativa de la comunidad física considera que ya salió del terreno de lo falsable. En medio, los Niveles II y III tienen defensores serios, con razones serias, y críticos serios, también con razones serias.

Esto conecta con una pregunta más amplia que ya tratamos en Ciencia del Asombro al hablar de los límites del universo: un viaje hacia el horizonte de lo desconocido: algunas fronteras tienen que ver con la distancia y otras con el tipo de preguntas que puede responder el método científico tal como lo conocemos. El multiverso, en sus versiones más especulativas, vive justo en esa frontera.
Una buena teoría física se distingue de una especulación entretenida por sus predicciones: tiene que decir algo que, en principio, un experimento futuro pueda confirmar o refutar, por extraña que suene. Por ese criterio, los cuatro niveles de multiverso no están en el mismo lugar, aunque todos usen la misma palabra.
Hay una razón por la que el multiverso fascina más allá de los departamentos de física: toca directamente preguntas que durante siglos fueron territorio exclusivo de la filosofía. Si existieran infinitas versiones de la realidad, ¿qué queda del concepto de una decisión que «importa»? Si cada bifurcación posible ocurre en alguna rama, ¿tiene sentido seguir hablando de azar, o todo lo que puede pasar, pasa?
Ya exploramos una pregunta cercana, sobre qué significa existir en un universo de una escala que supera cualquier intuición cotidiana, en existencialismo cósmico: ¿qué significa existir en un universo de 13,800 millones de años?. El multiverso añade una capa más a esa misma inquietud: el tiempo y el espacio que conocemos ya son enormes, y en al menos una de sus versiones físicas serias, nuestro universo podría no ser el único.

La ciencia puede decirnos qué tan sólida es la evidencia de cada nivel. No puede decirnos, por sí sola, qué hacer con la inquietud filosófica que la sola posibilidad despierta. Esa parte, con razón, sigue siendo territorio compartido entre la física y la filosofía, y probablemente lo seguirá siendo durante mucho tiempo.
Hay algo que se pierde fácilmente en el camino: se puede dudar de los niveles más especulativos sin rechazar la ciencia que hay detrás. Se puede aceptar sin reservas que la inflación cósmica y la mecánica cuántica son teorías con décadas de mediciones a favor, y al mismo tiempo mantener un escepticismo razonable sobre las interpretaciones más audaces que algunos derivan de ellas. Separar la teoría confirmada de la interpretación que se le añade es lo que permite tomarse el multiverso en serio sin creérselo todo.
Mapa de certeza:
Escala del asombro: no hace falta que el multiverso sea real para que la pregunta valga la pena. El solo hecho de que la física, intentando explicar lo que sí observamos, termine abriendo la puerta a esta posibilidad dice algo notable sobre cuánto todavía desconocemos de las reglas más básicas de la realidad.
Pregunta abierta: ¿llegaremos algún día a diseñar un experimento capaz de distinguir entre estas interpretaciones, o algunos niveles del multiverso están condenados, por su propia naturaleza, a quedar fuera del alcance de cualquier observación posible?
El cosmólogo Max Tegmark, del MIT, en un artículo de 2003. Su clasificación en cuatro niveles sigue siendo la referencia más usada para ordenar el debate.
La clasificación más usada distingue cuatro niveles: universo extendido (Nivel I), universos-burbuja por inflación eterna (Nivel II), muchos mundos de la mecánica cuántica (Nivel III) y multiverso matemático (Nivel IV), además del paisaje de la teoría de cuerdas como idea relacionada.
Depende del nivel. Hay evidencia sólida de los mecanismos que podrían producir algunos niveles (inflación cósmica, mecánica cuántica), pero ninguno de los cuatro niveles del multiverso en sí mismo tiene una confirmación experimental directa.
No. La teoría de cuerdas permite, matemáticamente, un número enorme de configuraciones posibles (del orden de 10 elevado a 500), lo que algunos interpretan como evidencia indirecta de un multiverso, pero esa interpretación es debatida dentro de la propia comunidad de físicos.
No. Google sugirió en su anuncio de 2024 que el rendimiento de Willow apoyaba la idea de universos paralelos, pero el chip funciona según la mecánica cuántica estándar y su resultado no permite distinguir entre la interpretación de muchos mundos y las demás.
Es la dificultad de explicar, con precisión, cuándo y cómo ocurre exactamente la ramificación del universo en la interpretación de muchos mundos, un punto que todavía no tiene una respuesta consensuada.
Porque una de las exigencias habituales de una teoría científica es que sea falsable, es decir, que exista al menos en principio un experimento que podría refutarla. Los niveles más especulativos del multiverso no cumplen ese criterio con las herramientas actuales.
Comparten el nombre, pero no la idea. El cine suele representar versiones casi idénticas de las personas tomando decisiones distintas; eso se acerca más, de forma libre, a la interpretación de muchos mundos, pero sin el aparato matemático ni las restricciones físicas reales que esa interpretación exige.
Fuentes externas consultadas:
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